Clientes borrachos y pagos extraños Hoy vino un cliente extraño.
Un hombre rudo, alto y taciturno. Un caballero, quizá, o un mercenario, aunque nunca había visto su insignia por aquí. Claramente ya había bebido más de la cuenta: demasiado vino, o quizá grog. No tenía oro, así que intenté echarlo, pero fue inútil. Balbuceaba, con los ojos abiertos y enrojecidos, señalando el ron del estante superior con su mano enguantada, demasiado pesada para mantenerla firme.
Los brazos le caían sobre el mostrador a medio gesto, moviéndose sin control, como si su cuerpo no pudiera seguirle el ritmo, o como si sus miembros fueran sacos de grano húmedo. Frustrado por su propia torpeza y por la falta de licor, se arrancó los guanteletes y los lanzó al otro extremo de la sala, gruñendo. Me agaché detrás de la barra. Cuando vi su mano desnuda aferrarse al borde desde el otro lado, temí que se abalanzara sobre mí, pero, en su lugar, trepó torpemente, cayó al suelo y se arrastró hasta el estante de las botellas. Se llevó una a los labios antes de cruzar la puerta y salir tambaleándose.
Sus guanteletes son la única huella que dejó. Parecen valiosos. Los he guardado en el desván por ahora, por si regresa con la cabeza más despejada y los bolsillos más llenos. |