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1
Cerveza e historias
Mi madre me decía que el viejo capitán siempre tiene una historia que contar..., por un precio.
Anoche, arrastraba los pies por la orilla, agotado del trabajo. Mientras paseaba junto al agua, una fragancia me llegó en la brisa, y al levantar la vista, me encontré justo ante las puertas de la taberna Sal y pimienta.

Recordé las palabras de mi madre y, atraído por la promesa de cerveza y buena compañía, crucé el umbral. El viejo marinero estaba abrillantando un vaso cuando entré. Le dije que no me quedaban monedas, pero le lancé una perla de Orvilla. Preparó una cerveza y una historia al instante.

Con voz queda, recordó la semana que pasó dentro de las fauces de un dragón marino varado, mientras permanecía aislado en tierras lejanas. Su voz era tan áspera como el agua que golpeaba la ventana. Dijo que se escondió entre sus dientes perlados y durmió bajo su lengua, encendiendo una pira sobre su cráneo para pedir auxilio.

Entonces, se detuvo de golpe. Le pregunté cómo terminaba la historia y, sin decir nada, me tendió la mano para que le pagara de nuevo. Volveré pronto para escuchar el resto.
2
¿Aletas o fantasía?
En mis tiempos mozos era un chaval revoltoso. Pasaba cada día escolar en la playa, en lugar de en el pupitre, pateando los castillos de arena de desconocidos y lanzando piedras al agua.

Una vez vi un pequeño bote a lo lejos, con una figura sombría que intentaba mantener el equilibrio. Mientras lo observaba, las siluetas se tambalearon y se fundieron en una sola, agitando el agua alrededor. ¿Alguien había caído al lago? Esperé a ver si salía a la superficie, pero nadie apareció.

Momentos después, una criatura hecha de algas y agua salada emergió de entre las olas, muy cerca de la orilla y mucho más cerca que el bote. A medida que se aproximaba, distinguí un rostro grisáceo bajo aquel montón de algas. Era el capitán.

Le pregunté cómo había logrado cruzar tan rápido desde el barco que se hundía hasta la playa. Sonrió y me dijo: "¡El beso de una sirena me dio aletas, muchacho!", y se alejó tan tranquilo.

Solo más tarde me fijé en las huellas extrañas que habían quedado en la arena. ¿Será cierta su historia?
3
Las mentiras de un hombre curtido
En el colegio nos decían que el capitán Melville tenía lengua para los cuentos largos. De esos que huelen a cuero viejo y sal marina, no a verdad. Como hombre del muelle, siempre supe que su taberna, llamada Sal y pimienta, no se llama así solo por su barba salpicada de canas, sino porque todo lo que dice hay que tomarlo con un grano de sal... o con un buen puñado.

Y, sin embargo, todos lo escuchan embobados.

Lo rodean como si fuera un profeta salido de las olas, atentos a cada palabra torcida que deja escapar. ¿Por qué? Es un farsante. Un fósil. Hace años que no sale más allá de la bahía. ¿Por qué confiar en una sola palabra de lo que dice? Peor aún, ¿por qué comprarle el pescado? ¡Y más cuando nosotros vendemos mejor género, más barato y sin pantomimas!

La semana pasada apareció en la plaza, despeinado y gritando: "¡Son los Drak! ¡Los he visto, han vuelto!". Puro teatro. Siempre igual.

Otra historia más, tejida con monedas y nostalgia. Y, aun así, la gente lo adora.
Son unos completos idiotas.
4
Vino y espuma marina
En mis tiempos de costurera tuve un cliente bastante popular: ¡el mismísimo capitán!

Jamás olvidaré aquella madrugada en la que se tambaleó hasta mi puerta abierta, con la barba mucho menos canosa que hoy y vestido con poco más que una camisa manchada.
"¡Buen día, jovencita!", me graznó con voz ronca. "¡Quiero un abrigo nuevo! ¡Azul oscuro como el mar, con oro y relumbrón, diría yo... hip!".

Mientras tomaba sus medidas, lo observé con atención. Olía a vino y no solo le faltaba el abrigo: también iba con un zapato menos. Cuando le pregunté por ello, me respondió:
"¡No, no, el vino es solo la mitad de la historia! Verás, estaba anoche en el canal cuando un viejo demonio nacido de la espuma azul me llamó desde abajo. ¡Me ofreció una botella de su mejor vino a cambio de un botón de mi abrigo! ¿Una botella por un botón? Pensé: ¿por qué no? Pero cuando me incliné para tomar la botella, ¡el diablillo me agarró del puño y se volvió espuma otra vez! ¡Hip! ¡Caí al agua! ¡Auxilio, auxilio! Tuvieron que sacarnos a mí y a mi barco... ¡y el abrigo, ese se lo tragaron las olas! ¡Hip!".

Confeccioné su nuevo abrigo en tres días, pero siempre me quedó la duda: si su ropa vieja no apareció en la orilla..., ¿será que también se volvió espuma de mar?

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