Querida Amelie: Transcurre otro día. La nieve envuelve el mundo en un sosiego helado, y con cada latido, mi corazón se siente más cargado. Cada noche parece empeñada en superar a la anterior en crudeza. Cuánto anhelo tenerte a mi lado para que me abrigues.
Amelie, tu silla se rompió hoy. Intenté repararla, pero esta espalda mía ya no sirve para esas tareas. Aun así, no fui capaz de deshacerme de ella. Ahora reposa en el suelo, deshecha, cual reliquia inútil cuyo único uso es el de herir con la memoria. Qué día tan repugnante. Si estuvieras aquí, sé que lograrías devolverme la alegría. Te vería entre las flores púrpura que tanto amabas, tu cabello danzando con la brisa como si fuera parte del jardín. Te girarías, y con solo mirarme, la luz de tus ojos encendería este corazón mío, opaco y cansado.
Ansío guardarte en la memoria solo como aquel torbellino color lila. Encontrarte en las flores del invierno, no entre los restos destartalados de una silla vencida. Y sin embargo, es difícil, porque tu presencia lo impregna todo: lo bueno, y lo malo también. Aun así, si pudiera huir contigo otra vez, lo haría. Siempre te elegiría, mi pequeña amatista. |